El rostro oculto

El rostro oculto
(2003)


La confusión que impide reaccionar a la Mujer Elefante es ejemplificado por la pérdida de la cabeza y, por tanto, de los sentidos. Las escenas de la película La pasión de Juana de Arco, de C. Th. Dreyer, sirven para dar un rostro a la protagonista, hasta el momento oculto en esa almohada atada con cuerdas, su tormento.

Dichas escenas reflejan, a través de los primeros planos, la reacción del rostro de una mártir ante las preguntas que le formulan los jueces inquisidores. Sus gestos son los gestos de la perplejidad, de la incertidumbre y de la impotencia frente a las cuestiones formuladas por los líderes de la tribu; frente al peso del saber, cabe oponer la ignorancia. Su verdad es inexplicable, injustificable, indescriptible, invisible, inconclusa: es otra.

La actitud de Juana frente al mundo es un tímido destello de una intuición: su palabra. Elemento mínimo, exageradamente desproporcionado frente al magno discurso, convertido en artillería pesada, de sus oponentes. Ella, sin embargo, a pesar del miedo, no renuncia a lo que le dicta su corazón, no puede fingir, no puede callar, no se deja convencer por razones retóricas o por la fuerza, y esa es su lucha. Su existencia es su condena.

Lo contrario a lo visto -lo escondido-, es ahora el motivo de multitud de imágenes de un mismo semblante. Gestos que van construyendo lentamente, fotograma a fotograma, la biografía de una pasión. Sobrecoge la austeridad rotunda de sus rasgos de singular belleza precaria, que tan sólo buscan un poco de humanidad. La indefensa y sumisa Juana de Arco se enfrenta a todos, se expone, se ofrece y finalmente nos brinda el último suspiro liberador de un trayecto que sirve para despertar nuestras conciencias.

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