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Marzo de 2000
Catálogo de la exposición Esperpento

El espejo, acaso, de la duda… y de esa flor marchita que se desprende del tallo

Ignorancia.

Y después, poco más que añadir. Muy poco más…

Puesto que la primera palabra, acaso la única –a pesar de que esto resulte ya totalmente imposible-, quiere ser ésa. Escrita a solas. Despojada de toda posible matización. Desnuda de todo contexto.

Ignorancia se ha dicho. Y así se ha escrito. Con simplicidad. También con sigilo. Aun sospechando de que pudieran ser otros los términos utilizados. Cualesquiera otros.

Por ejemplo, podría haberse dicho como primera palabra pintura. O teatro. Quizá perplejidad. Acaso engaño o abandono… Probablemente también habría sido pertinente añadir a todo ello un nombre. Un nombre de esos que la gramática tradicional consideraba como propios. Decir, por ejemplo, Mery Sales. Y repetirlo. Repetirlo varias veces.

Con seguridad. También con resolución. Aunque se tuviera la certeza –sin duda alguna inevitable- de que con la utilización de este recurso no se fuera a conseguir nada. De que nada fuera realmente a suceder. YA que lo que desde un principio se desea constatar remite a otro ámbito. A ese ámbito que sólo a través de la ignorancia vive. Un ámbito en el que habita el contradictorio saber de un desconocer mediante el que se intenta la fuga. O mejor aún, el rechazo.

Sí, el rechazo.
El rechazo de cualquier máscara. De cualquier engaño. También de cualquier afirmación. Aunque ello implique la tarea –la difícil tarea- de no buscar aseveración alguna. De no decir, por ejemplo, que en los lienzos de Mery Sales se halla representado el teatro de una pintura desnuda o de que en su obra la figura humana –la antaño altiva figura humana- es tan sólo un mero títere accionado por la ausencia de sentido que provoca perplejidad o abandono.

Nada de eso es posible, nada, ya que la primera palabra –ya se ha dicho, también se ha escrito- es ignorancia. Y lo es porque lo que ahora se busca no es aseverar. Ni corroborar. Tampoco se intenta argumentar el decir de lo incuestionable. Ni tan siquiera sugerir la posibilidad. En modo alguno. Lo único que parece que desea es eludirla arquitectura de lo afirmativo. Cuestionar las arbitrarias fronteras de la convención. Sumergirse en el estado del desconocimiento... No en el estado del no saber, sino en el de no querer saber. Ese estado que nos da a conocer que lo sabido es ya imposición de una hipótesis. De un arbitrario acuerdo… Por ello, la primera palabra escrita ha sido esa. Ignorancia. Y también por ello mismo, aunque la palabra pudiera haber sido sustituida por otra –nada lo impide-, eso no va a suceder. Puesto que ya no es posible. No lo es.

Así que ahí está… Ignorancia…

Convertido el término en primer e ineludible referente.
Llenando de sombras y también de dudas la nítida presencia  de un saber que no desea saber. De un saber que nos empuja a observar el resto de palabras utilizadas como redundantes. Como reiterativas. Incluso, como monótonas. Un hecho que, en el fondo, no sólo afecta a las palabras. Sino también –y de forma muy especial- a quien las utiliza. Cuando habla. O escribe. Acaso, cuando pinta.

Y es que si algo puede ser considerado como redundante dentro de todo lo que nos rodea, ese algo cabe hallarlo en la presencia humana. Sí, en nuestra propia presencia. Esa molesta y erguida constatación de un error que constantemente se renueva. Y se acrecienta. Sin solución de continuidad. Gracias a una extraña pulsión de permanencia, a un imposible afán de perdurabilidad. De trascendencia.

David Pérez


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