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Diciembre de 2008
Catálogo de la exposición Cierta claridad

Palabras que siempre quise decir

Empezaremos por donde Rilke (1) ponía fin a su célebre Cartas a un joven poeta:
«Y si tengo todavía algo que decirle, ha de ser esto: no crea que quien intenta consolarle a usted vive sin fatigas entre las sencillas y tranquilas palabras que algunas veces le hacen a usted un bien. Su propia vida tiene mucha fatiga y tristeza, y se queda muy por detrás de la de usted. Pero si fuera de otra manera, nunca habría podido encontrar esas palabras».

Ocurre con frecuencia que quienes se dedican a la pintura, también quienes la aman como forma casi exclusiva de creación artística, parecen hallarse instalados en un limbo ajeno al paso de las horas y a lo que en ellas acontece. No soy un defensor de la pintura. Tampoco un detractor. La entiendo como un medio, no como un fin en sí misma. Dicho esto, y tras cosechar en tan sólo cuatro líneas la desconfianza de aquellos que pudieran sentirse incomodados, debo manifestar que el trabajo de Mery Sales no debiera ser «leído» sólo bajo los parámetros formales de su impecable factura –su pintura es excepcional–, pero su máximo valor será débilmente desvelado a quienes se contenten con las retóricas del estilo.

La pulsión del mundo, contenida en su obra, hace que los hilos que tejen sus lienzos se conviertan en las arterias a través de las que su trabajo bombea sangre a nuestros corazones. Todo un motor de producción de realidad que seguramente no siempre ha sido interpretado más allá de los lenguajes de la pintura, ni más allá de los metaterritorios que gobierna. Solicito aquí una mirada nueva.
Una actitud liberada, idónea, frente a la obra de Mery Sales sería la de quien observa imágenes en movimiento. Su trabajo traslada al espectador la agitación de la savia nueva, mientras narra con delicadeza las historias de un tiempo que quisiéramos poder cambiar. Y seguramente podemos. La gran epopeya en construcción de la autora no se rinde a los fuegos destructores que amenazan con aniquilar el presente, su fortaleza procede del firme convencimiento de convivir aquí y ahora con la posibilidad de una realidad mejor que, solapada con la fisonomía de lo común, ofrece resistencia.

«Camino junto al muro que no acaba,
pegado el hombro a su tacto de piedra.
Por encima adivino asomarse,
de lado, las ramas que el vendaval atiza descarnado. Sin motivo.
En la gravilla del patio cuadrado
se revuelcan las hojas muertas. Unas
por otras calculan, como jugando,
remolinos fugaces, imprevistos.
La fábrica vomita ramalazos
de un humo gris oscuro, denso, sucio.
El miedo me abandona si camino» (2)

Quizás nuestra principal preocupación sea el temor a que nos sorprendan desprevenidos, la vida a este lado del muro se caracteriza por no tener ningún rumbo determinado, pues se desarrolla en una sociedad que, definida por Bauman (3) como líquida, no mantiene mucho tiempo la misma forma, por lo que la habilidad por liberarse de las cosas debería cobrar una importancia mayor que el deseo de adquirirlas. Dibujando ese perfil, Sennett (4) relata que Bill Gates, por ejemplo, parece no padecer la obsesión de aferrarse a las cosas. Sus productos aparecen con fuerza en el mercado y con la misma rapidez desaparecen; Rockefeller, en cambio, quería poseer pozos de petróleo, edificios, maquinaria o carreteras y todo por mucho tiempo. La falta de apego duradero parece caracterizar la actitud de Gates hacia el trabajo, de la necesidad de posicionarse en una red de posibilidades más que quedarse paralizado en un trabajo dado, dispuesto a destruir lo que ha hecho, según las exigencias y conspiraciones del momento inmediato. La velocidad, el cambio constante, los umbrales del desastre y el pulso permanente entre los opuestos son algunos de los temas que Mery Sales aborda en el desarrollo de su trabajo. Su capacidad para cultivar la más depurada estética va ligada a una sutil habilidad para poner sobre la mesa, dulcemente, excitados debates que invitan al espectador a cuestionar sus propias cotas de participación en el juego global. A ese respecto, Edward W. Said (5) plantea si el intelectual debería ser hoy un amateur o un aficionado, alguien que considera que el hecho de ser un miembro pensante y preocupado de una sociedad le habilita para plantear cuestiones morales que afectan al fondo mismo de la actividad desarrollada en su seno, incluso de la más técnica y profesionalizada, en la medida en que dicha actividad compromete al propio país, a su poder y a sus modos de interactuar con sus ciudadanos y con otras sociedades. Por otra parte, el espíritu del intelectual que actúa como amateur puede penetrar y transformar en algo mucho más vivo y radical la rutina meramente profesional con que nos comportamos la mayoría de nosotros. En lugar de hacer lo que se da por sentado que uno tiene que hacer, uno puede preguntar por qué lo hace, qué ventajas obtiene de ello, cómo es posible canalizarlo con un proyecto personal. Cada intelectual, cada creador, tiene un auditorio y una circunscripción. El problema es si ese auditorio está ahí para obtener satisfacción, y por tanto como un cliente al que se debe hacer feliz, o bien para que el intelectual lo desafíe, y por consiguiente inducido a una oposición total o movilizado para una mayor participación democrática en la sociedad. En cualquier caso, ¿cómo debe dirigirse el intelectual a la autoridad: como un suplicante profesional, o como su conciencia no recompensada y amateur?

En los antecedentes del proyecto que presenta Mery Sales se encuentra Conspiraciones (2006), todo un desarrollo de escenas fragmentadas procedentes de la actualidad, imágenes que nos salpican cada día a través de la prensa, reconfiguradas por medio del dibujo para condensar en gestos la distancia con los huecos discursos de la política y el poder. ¿Quién no ha constatado la convulsión que produce una opinión sincera alrededor de quien la pronuncia? Preferimos las medias verdades y, sobre todo, las completas mentiras. Designios y quiebras (2007) invita al espectador a meditar acerca de la fugacidad, del instante en el que todo sucede y de sus inminentes cambios; a mirar atrás para aprender de los errores y contribuir con ello a reinventar otro modo en las relaciones, a repensar un presente capaz de quebrar con los estereotipos del hábito. Con Cierta claridad (2008) la artista mantiene su empeño en desvelar instantes de verdad que quedan ocultos tras la superficialidad de las apariencias, pero su mirada es la de un domingo por la mañana, placentera y renovada, y sus imágenes son como captadas al entrecerrar los ojos por el sol, que se filtra entre unas ramas. En esos casos nuestro entorno se convierte en otro lugar, el polvo en suspensión altera de repente nuestra relación con el espacio y todo parece vibrar, propiciando paisajes dentro del paisaje. Seguramente la efectividad de las reivindicaciones para el futuro se ven ya sometidas en el presente a modos de representación no necesariamente ligados a la tradicional barricada. Posiblemente todos, salvo los enfermizamente codiciosos, desean el mundo que un día soñaron, pero ocurre a veces que la distancia que nos separa de ese link es mentalmente enorme. Puede que la causa sea el atropello de lo cotidiano, o porque el proceso que nos ha llevado al presente hizo que en algún momento dejáramos olvidadas nuestras claves de acceso a la realidad. Lo que en verdad vivimos es sólo ficción. No está pasando. No es la película para la que compramos una entrada o, tal vez, no fuimos capaces de mantener las distancias y la fuerza de la acción nos hizo interpretar un papel que asimilamos ya como propio.

La literatura, el arte, la música… poseen el potencial de activar en el ser humano enlaces con un yo inconsciente, capaz de hacer accesible la aprehensión de saberes intangibles. Esa química flota, como las moléculas de color, en la pintura de Mery Sales.
«¿Dónde la dificultad para comprometerse
en la búsqueda, elegir, empeñarse en el modo de
vida que nos da acceso y posibilidad de bienvivir?
Abominar aun entre dudas,
quejas, tropezones, errores y muletas, de todo
aquello que nos lleva irremisiblemente a la sequía,
la miseria, al desencanto más estéril.
¿No sabemos qué nos hace felices?» (6)

José Luis Pérez Pont

1. Rilke, Rainer Maria. Cartas a un joven poeta. Valverde, José María (trad. y nota preliminar), Madrid: Alianza Editorial, 1980.
2. Méndez Rubio, Antonio. Por más señas. Barcelona: DVD ediciones, 2005.
3. Bauman, Zygmunt. Vida líquida. Santos Mosquera, Albino (trad.). Barcelona: Paidós, 2006.
4. Sennett, Richard. La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo. Najmías Bentolila, Daniel (trad.). Barcelona: Anagrama, 2000.
5. Said, Edward W. Representaciones del intelectual. Arias, Isidro (trad.). Barcelona: Debate, 2007.
6. Sánchez Amorós, Juan. Molinos parecen. Cerdanyola del Vallès: Montflorit, 2007.


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